5/05/2006

Olvidemos el viernes


Vamos, olvidemos el viernes. Hoy es sábado a la noche y en Barcelona las fiestas se encienden como fogatas. ¿Habéis tenido mal rollo con las pastillas ayer? Eso hoy no pasará si venís conmigo.
Jordi es un catalán bajito con poco pelo ensortijado y muchos dientes en rampa hacia adelante. Termina el porro con una profunda calada y nos arrea hacia la puerta del piso, luego los tres tramos de escalera, varias cuadras por la ronda de Sant Antoni, hasta embocar por una callecita llena de balcones yendo hacia el corazón del Raval.
Vamos recalando en bodegones invadidos por turistas y algún español sudando en la barra frente a la décima caña de cerveza.
En uno de ellos acaba un concierto y los músicos se pasean entre la gente con los instrumentos, saludando y bebiendo un trago de cada vaso.
¡Vamos! ¡Vamos! que este lugar se cierra. ¿Dónde queréis ir? Elige tú que eres el benvingut. Hay una fiesta tecno en el barrio de Gracia. ¿No tenéis pasta? Venid conmigo, yo conseguiré tickets para todos.
Marina, Susana y Oliver suben con nosotros en el taxi y partimos.
En el lugar hay poca gente pero la pista funciona y en la barra abren el 2 x 1 y todos se abalanzan para buscar tragos. A continuación el D.J. hace su trabajo y la fiesta se abre camino desperezándose como una flor al primer toque del rayo. Marina parte una pastilla y me lleva media a la boca. Jordi me convida Whisky con Red Bull y una calada de porro. No siento nada en especial, salvo el vértigo de la música que parece que nunca fuera a terminar de subir: Tuúngututú, tuúngututú, tuúngututú (compresión) Jhhhaá, á, á, á. Gututú, gututú, gututú (bajo + flash). Oscuro, siluetas animadas, introspección y de pronto como si te dijeran ¿Sabes? Rafaela Carrá está entre nosotros. Y al cabo las luces estallan sobre el carré platino de la diva. ¿Dónde está Marina? Está besándose con un chico rubio, muy delgado y tostado que no para de gesticular. Acércate Fernando, él es Germán. Hola. Hola. (No te equivoques tío, yo amo a Ito, tu sabes. Pasa que con Germán tenemos muchas coincidencias en el plano artístico. Él es pintor.)
¿Podemos ir a ver tu obra ahora?
¡No! ¡Qué va! He pasado todo el día en el estudio. Otro día ¿Vale?
¿Y ahora qué hacemos?
Mira que esto se cierra pronto y yo estoy sudando.
Alguien nombra un after hours en el Casco Antiguo y salimos.
Es de día. En la plaza de enfrente hay una docena de tíos flipando tras sus lentes oscuros. ¿Está bien mear aquí? Sí. Seguro. ¿Está bien echarse aquí? Seguro. ¿Susana no viene? Está ligando con su ex, luego nos alcanza. ¡Vamos Jordi!
Luego es a Marina a quién hay que arrear. Se ha quedado hablando con un anciano de sombrero que, según comenta, le recuerda a su abuelo. El viejito hace cola para subir a un autobús de turismo. Se pasan los teléfonos y, antes de partir el hombre le da un beso en la boca.
¿Habeis visto? El abuelo ligó conmigo.
Vamos caminando hasta una avenida, luego por la Rambla del Raval repleta de trasnochados que convergen desde distintos puntos. Junto a nosotros viene una chica negra con cara triste. Es gorda, muy bonita y con un vestido negro de gasa que le marca el talle enseguida de los pechos, enormes y bien parados. ¿Y tú cómo te llamas? Sandra. ¿Eres norteamericana, verdad? Sí. ¿Y de qué parte? San Francisco, California. Venga tía, que San Francisco no está en California. Es verdad, adhiero estúpidamente y no conforme agrego: You are a lier.
Hufff, if you say... I live in San Francisco You know? What`s the problem?
Sorry chica, es que vamos confundidos. ¿Vos estás sola? ¿Lonely?
Yes, I´m so... Hablo poca español, tu sabes.
Mira Sandra, tu necesitas un novio, venga. A boy for you. Vente con nosotros, vamos a La Aurora. Desayunamos y buscamos un amigo. ¿Vale?
Vale.
Sandra sonríe con sus paletas blancas, adolescentes. Me toma la mano y acelera el tranco. Ya estamos cerca, es por esta calle. Pues no se ve nada. En eso se abre una puerta de hierro y dos muchachos sudados emergen de un sótano y desaparecen calle arriba. Bajamos. Vuelve a hacerse la noche. Hay por lo menos cien personas comprimidas en treinta metros cuadrados. Una pista en el bajo, junto a la entrada. Una barra y un estar con sillones atiborrado de gente, en un entrepiso. El humo hiere los ojos y los primeros tragos pasan sin dejar rastro en la garganta reseca.
El calor supera los treinta grados hacia las diez de la mañana y todo huele a ropa húmeda y alcohol y desodorante. En un rincón de la pista hay una travesti vieja trepada a un taburete. Su compañera es una madama entrada en carnes y en vinos, según el colorete y las pupilas chispeantes. Es como una especie de asistente de la otra a quien atiende sirviéndole copas y cigarrillos encendidos. La travesti tiene la nariz hinchada de tanto beber y todo en su cara tiende a colgar: su labio inferior, los pómulos de Bull Dog y los párpados como conchas. No se ha movido de su rama en toda la noche la vieja paloma, pero bien que tiene tendida su trampa para muchachos. Ya sea que los atrapa junto a la puerta y los enrolla con preguntas, o porque la amanuense se los arrea con bebida o a empujones, lo cierto es que todos somos tocados y examinados a nuestro turno. Y nadie se queja porque, ya veo, es algo así como la madrina cutre del mesón. Pero ¡un momento! ¿Dónde está Sandra?
La busco en la barra engañado por un crestón postizo que sobresale de entre las cabezas. Luego de esperar inútilmente frente a la puerta del baño, subo al entrepiso donde es imposible circular. Me detengo en cada pierna, en cada brazo o cuello o zapato que asoma de entre la masa compacta de cuerpos echados o de pie. Hay una pareja de árabes preparando sandwichs en el suelo completamente abstraídos del enjambre. Debajo de un sofá asoma media chica rubia que duerme con los ojos entreabiertos, pero de Sandra ni rastros. Ruedo nuevamente hacia abajo. Me acerco al barman argentino que me sonríe y señala la puerta antes de que le pregunte nada. Salgo a plena luz del día y ahí están, Sandra y Oliver haciéndose mimos en un volquete. El sol me quema los ojos. El calor penetra mi cuerpo doblemente, desde el centro de la tierra y desde el vértice del cielo con un choque de masas equivalentes. Los sonidos de la calle me hacen sentir súbitamente que he estado perdiendo el tiempo y sin proponérmelo bajo por La Rambla hacia el puerto. La camisa salida, el sudor haciéndome patillas de gelatina. Busco el mar. Está al final de un trecho de arquitectura maciza. El puerto, los restoranes vacíos con sus terrazas tendidas a la espera de la ola de turistas, la última avenida y finalmente la playa. Recorro su legua de arena blanca esquivando cuerpos tendidos, luego voy sin zapatos por la orilla tanteando la temperatura del agua que llega y se retira dejándome tobilleras de espuma. Encuentro un blanco y armo mi campamento. Me quito la ropa y entro en el mar. Lo huelo. Trato de prestarle la mayor atención para que la mente se retire mientras me sumerjo.

Llego al departamento de la Ronda de San Antoni, a eso de las cuatro de la tarde. Insolado y con una quemadura triangular en el pecho. Es la marca del cuello de la camisa. Parezco la Pantera rosa en ese capítulo en que se quema con una plancha y en el hueco del pecho se coloca un reloj. Tito almuerza solo en la mesa del living. Me ofrece un bol con ensalada de pastas con atún del que sólo puedo pasar un bocado que hago bajar con medio litro de agua. Me tiro en el sofá a fumar y creo que a esperar que vuelva Marina.
Tito es un muchacho de veinticinco años, catalán, feo y patológicamente tímido. Sobrelleva su timidez afectando un escepticismo tonto. No quiero hurgar en su sexualidad pero es evidente que encubre sus sentimientos para protegerse. A todo lo que le propones responde “no me apetece” y no hay manera de mostrarle nueva música o invitarlo a salir de marcha. Desprecia la playa, el mar, el sol y todo lo que se relaciona con vitalidad o alegría. Fuma todo el día haschís, desde la mañana, sin dedicarse a alguna cosa en especial y a la tarde se encierra un par de horas a bocetar dibujos con su ordenador. Trabaja para el mágazine de un diario ilustrando una columna de opinión, pero no le saques el tema porque no le apetece, y si quieres entrarle por su talón de Aquiles dile que sus dibujos te recuerdan a David Hockney.
Por suerte enseguida llega Marina ¿Dónde te metiste? Bajé a la playa, ¿y vos? Me quedé todo el tiempo en La Aurora. ¿Qué piensas hacer, Fernando? Me voy. ¿Te bajas a Alicante? Sí. Ffffff! Está bien. Conseguirás trabajo, y tienes a tu amigo Rodrigo. Yo estaré allí en dos semanas, así que nos veremos. ¿Vale? Ahora vamos a dormir tío, estoy muerta.
Me quedo en el sofá dándole vueltas al tema. El tema es que tengo una tristeza más grande de la que puedo soportar un domingo en Barcelona y quisiera poder irme ahora mismo. Es el efecto de bajón del éxtasis, pienso, pero en ese momento lo vivo como una urgencia de la soledad. Corro al cuarto de Marina que duerme desnuda con todo el ruido del tráfico y la luz entrando por las ventanas abiertas. La despierto para pedirle el número de teléfono de Rodrigo que no sé por qué razón ella lo tiene y yo no. Se levanta así como está y comienza a revolver su bolso. Me dicta el número y vuelve a la cama.
Rodrigo no está. Me atiende un chico con un dudoso acento español. ¿Sabía que venías? Por supuesto, hace días que me espera. Mira, lo mejor será que hables con él antes de venir. Llama a la noche. O.k. Cuelgo. Vuelvo al cuarto de Marina. El número de información de Renfe, por favor Marina. Ffffffffff. Se levanta y va al teléfono, marca y me pasa el tubo. Me dicen que en quince minutos sale el último tren del día, pero que el lunes tengo uno cada hora. Hago una reserva para el de las doce del mediodía del lunes y cuelgo. Me voy a la cama.

Empieza el lunes. A las once vamos con Marina al Mercado de San Antoni. Es un edificio enorme que ocupa toda una manzana con locales interiores de venta de alimentos y una galería exterior techada con dos hileras de puestos enfrentados de lo que se te ocurra. Libros, c. ds., cómics de colección, bijouterie, gafas, golosinas. Yo voy con una bolsa con libros nuevos que me regaló un escritor argentino en Sitges, de la que me deshago en la primer oferta. Con lo que me pagan compro “Música para camaleones” de T. Capote, una edición ilustrada del “Libro de gracias y desgracias” de Braulio de Siguenza. Para Ito y Marina un Kamasutra comentado y para Tito un c.d. de “Grandes éxitos” de Donovan. En uno de los puestos de libros nos cruzamos casualmente con Cristian, un chico chileno con el que estuvimos la noche anterior en La Aurora. Dice que anda tras un libro sobre la tribu X de Nueva Zelanda. Que es estudiante de Antropología y que este verano tiene pensado viajar a la Isla para convivir con indígenas. No puedo imaginármelo, tan bonito como es, tan pulcro con sus extensiones de dredlocs recogidas en una cola, conviviendo con Xs, calando un tronco para hacer un Kayak o con lo que sea que esos indios salgan a pescar entre las islas. Quedamos en vernos en una fiesta próxima y continuamos.
Cómo ya son la una y perdí la reserva decido ir directamente a la estación con el equipaje y esperar el próximo tren. A las 4:30 de la tarde tomo un Arco que baja por entre las montañas hasta Valencia y de allí no sé más porque oscurece y en el bar me entretengo bebiendo y espiando a la gente.
Alicante es un grupo de luces y un castillo al final de un tramo de sueño.

1 comentario:

li dijo...

Este es nuevo??? Los del viejo continente me gustan gustan...

Esaba pensando que si le sumo un XTC a la noche y después me pinta el bajón, bajón + bajón me va a dejar de cama por toda la semana. Así que mejor no lo pienso más, me quedo con el vino, o cualquier cosa que lo reemplaze, dependiendo del lugar y, especialmente, de los papelitos con númeritos que pueda acumular en mi billetera (esos que se usan para intercambiar por otras cosas mucho más lindas).

Mañana está el Gonza en Island, así que vamos a hip-hopear un poco, a ver si la noche levanta y el clamor nos dura hasta el lunes.

Porque en el domingo no quiero ni pensar...