12/18/2006

Historia del Rock 3


Venía de leer doce o trece veces el “Cómo vino la mano” de Daniel Grimberg, de ver en el cine y después en infinitas sesiones de VHS The wall en una casa vieja que con chapa de centro cultural habilitaba un fumadero, y de comprar semanalmente casetes encargados a la única disquería con criterio de todo Concordia: Bonatto y Bonatto. Los tipos igual se enfermaban cuando les pedía cosas como “Desatormentándonos” o “30 minutos de vida”, pero además en ese tiempo había venido The Cure a Buenos Aires y se había armado un quilombo bárbaro, con policía montada recorriendo el campo, así que en ese contexto mezclado Hangin garden y Helter Skelter de Beatles tranquilamente compartían cartel con Los Abuelos en el Opera en mi minicomponente. Ya empezaba a hacer canciones con la Faim turquesa que le compré a mi primo Luis y todo sonaba una mierda copiada a Color Humano. Pero todavía no me animaba a cantar. Que no debe haber otra palabra mejor para denominar el alma y la profesión del canto que ánima.

“Guardar dos cigarrillos, como esperando a alguien
aunque con este frío, y esta noche
y estos días solos.

Aunque me estés esperando, y yo lo sepa
Y sea este quizás
El único consuelo a esta soledad.

Y yo, yo te estaré esperando, loco
Desde cualquier tren.

Una época confusa de mi vida porque yo tenía tres amigos: 1-el que se vino con nosotros después a Santa Fe, que no paraba de leer novelas de Agatha Chistrie, 2-un colorado fanático de los Parques Nacionales, 3-un extraño del pelo crespo, que siempre vestía de negro y andaba revolcando una Ovation por el centro y yo, que no sabía qué pito tocar. Hata que formé una banda en mi pieza, sin nombre, la banda del Tato Vásquez, el Willy y yo, que hacíamos covers de The clash, de Fito Paez y de Sumo. Tocamos una sola vez en la quinta de una cheta de la escuela y se nos quemó el cabezal de bajo, literalmente la caja y su cuerina negra se prendieron fuego.